Un Magnífico Compañero de Naturaleza

El avión aterrizó en el aeropuerto de Málaga. Mis padres y mis dos hermanitos se subieron al coche de alquiler y pusieron rumbo a Los Algarrobales. El paisaje cerca de Ronda era impresionante, alternando montañas y colinas.

Cerca del pueblo El Gastor un cartel nos desvió hacia una finca por un camino bordeado de pinos. Doblamos a la derecha y entramos en el Valle de los Dólmenes. Sólo vimos naturaleza y más naturaleza, de cerca y de lejos, tan cerca del mundo civilizado.  

De repente apareció El Gran Cortijo con su torre, en medio de los árboles. Ese lugar tenía un aire majestuoso y un poco misterioso.  José Antonio, el responsable, nos esperó en la puerta con una gran sonrisa. Nos explicó todos los detalles mientras mis hermanos ya estaban dando vueltas alrededor de la gran piscina. Las vacaciones ya habían comenzado!

Durante una semana experimentamos una sensación de relajación absoluta, 

aislados del resto del mundo, con sólo el silencio y la naturaleza como compañeros nos hacían sentir muy cerca unos de otros. Tuvimos conversaciones de todo tipo y nuestra complicidad fue total, tanto que salimos de esa sala más unidos. 

Durante el día la piscina era nuestra principal distracción y todos jugábamos como niños, mientras leíamos y escuchábamos música.  Dimos grandes paseos por el campo con fantásticas vistas que nos daban hambre. Fue un placer comer los platos de mamá y papá. Por la noche veíamos una película o jugábamos a juegos de mesa y luego nos sentábamos afuera mirando las estrellas y la Vía Láctea en el silencio de la noche. Mi padre nos dio toda una lección de astronomía. 

Algunas mañanas fuimos a Ronda, una ciudad monumental con magia y mucha historia. Por eso la llaman la ciudad de los poetas. Desayunamos todos los días con deliciosos churros con chocolate o café con leche, en la calle principal de El Gastor, llena de bares y gente alegre paseando. 

Después de una visita al centro histórico, unas tapas típicas de la región y un buen vino (sólo para mis padres….) pusieron un punto final a nuestra salida y regresamos a nuestro pequeño paraíso.

Los buitres y las águilas volando majestuosamente en silencio sobre nosotros parecían ser los guardianes de nuestra felicidad. Eran vacaciones sin fiestas ni salidas nocturnas, pero desde entonces pensamos que un día volveríamos a hacer familiar una «terapia sana». En Los Algarrobales algunos valores sencillos y eternos volvieron a ser protagonistas y otros que nos parecían importantes fueron teñidos de superficialidad. 

La familia, la paz, la calidez y el cariño de los momentos compartidos, con la ayuda de un magnífico compañero de naturaleza, fue un sentimiento único: Las magníficas montañas, los árboles y el cielo estrellado sólo para nosotros.

Hoy, estando en mi casa y mirando por la ventana, veo cómo llueve mientras tomo un chocolate caliente me apetecen churros. ¡Tendré que volver a por ellos!